Carlos Duguech

PARA LA GACETA

No hay modo de asegurarlo, pero es la primera sensación cuando se analiza el video de simulación que elaboraron investigadores de la Universidad de Princeton.

Ya casi no resulta necesario que las potencias nucleares realicen ensayos con bombas nucleares reales que están prohibidos conforme lo establece el TPCEN (Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares) suscrito por países poseedores de armas atómicas el 10 de septiembre de 1996. Con los avanzados equipos disponibles en los centros de investigación de los países centrales se puede conocer el comportamiento del clima, explorar como nunca antes el espacio exterior y reproducir muy cercano a la realidad hasta una guerra nuclear.

Los investigadores de Princeton eligieron para su experimento -un video, resultado de los datos provistos al modernísimo mecanismo de análisis de variables aportadas- a dos contendientes de una guerra con armas nucleares: Estados Unidos y Rusia, los sempiternos protagonistas de la “guerra fría” (que cada tanto se entibia).

Si en un rincón se ubica Trump y en el otro Putin, el cuadrilátero del ring mundial a la luz de sus respectivas políticas sobre armamentismo nuclear, será harto dañoso para toda la Humanidad.

Imagino que a la luz (o a la tenebrosa sombra) de este video simulador de una guerra nuclear los fabricantes de juegos y productores de películas ya estarán restregándose las manos de entusiasmo frente al “negocio” de reinventar, no ya la Guerra de las Galaxias sino la Primera Guerra Nuclear. Un “juego” que, bien difundido como suele hacerse hoy con los medios disponibles, alcanzará niveles de proliferación como nunca antes el de la Guerra de las Galaxias.

Cuando la simulación generó los datos con los que se había cargado el proyecto de investigación, se obtuvo un resultado horroroso: 34 millones de muertos se producirían en unas pocas horas.

Al resultado del efecto mortal de 34 millones de personas se suma el de los heridos: 57 millones. Cifras que originan un escalofrío cada vez que se piensa que una guerra nuclear puede suceder.

El programa que se utilizó para la simulación de una guerra nuclear incluía un ataque de Rusia con aviones portadores de 300 ojivas nucleares a la vez que lanzamisiles de corto alcance (los que se comprometieron a eliminar Gorbachov y Reagan en 1987).

Putin tiene las manos libres, luego del retiro de Estados Unidos, por decisión de Trump, de ese Tratado. En respuesta a este supuesto ataque a las bases de la OTAN en Europa, el comendo militar de esta organización ordena el despacho de aviones hacia Rusia con 180.000 ojivas nucleares. En sólo tres horas ya se habrían producido tres millones de víctimas. Frente a Europa destruida, los Estados Unidos lanzaría un ataque con 600 ojivas nucleares desde sus bases fijas y desde numerosos submarinos, cercanos a territorio ruso.

“El riesgo de una guerra nuclear ha aumentado dramáticamente en los últimos dos años, a medida que Estados Unidos y Rusia han abandonado los tratados de control de armas nucleares”. Son las expresiones de los investigadores y autores de la simulación conforme puede leerse en el programa de Ciencia y Seguridad Global que tiene la Universidad de Princeton.

Oportunidad única

Antes, mucho antes de que pudiera suceder en la realidad algo parecido a lo que muestra el, video de simulación de una guerra nuclear, se dio la gran oportunidad de nuestra era: el 20 de septiembre de 2017 se redacta el Tratado Internacional de Prohibición de Armas Nucleares en la sede de la ONU en Nueva York. Un tratado multilateral que cuando entre formalmente en vigencia (cuando lo ratifiquen 50 países) será vinculante para cada uno de ellos. No obstante la trascendencia y necesidad de ese tratado, boicoteado por los países con arsenales nucleares, nuestro país no lo suscribió formalmente y en consecuencia no fue sometido a la consideración del Congreso para su ratificación.

Los argumentos del gobierno nacional hacen pide en observaciones de contraposición con los otros tratados (el de No proliferación Nuclear y el de Tlatelolco, de proscripción de armas nucleares en América). Sabido es que en el Derecho Internacional los estados partes que ratifican un tratado pueden insertar observaciones o cláusulas limitativas propias que forman parte del texto del tratado que se ratifica en definitiva.

No se puede admitir esta actitud de Argentina, salvo que uno consienta en que -de haberlo ratificado- hubiésemos echado por la borda las buenas relaciones con Trump, que tanto hizo para que el FMI nos facilitara préstamos.

En suma, nuestra política exterior en materia de guerra nuclear está sometida a loas decisiones de Estados Unidos. Así de simple. Así de cuestionable.